Gestos del buen vendedor

 Artículo de Daniel Martínez Babiloni publicado en www.mundoclasico.com

Palau de la Música, Sala Iturbi. Daniel Müller-Schott, violoncello. Orquesta de Valencia. Yaron Traub, director. Ferrer Ferran: Alba Sapientia. Edward Elgar: Concierto para violoncello y orquesta en mi menor, op. 85. Antonin Dvorák: Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88 B.163. Abono 1, Otoño 2010. Ocupación: 95 %

En el primer concierto de temporada hubo dos cosas que me llamaron la atención nada más ocupar la correspondiente butaca: la ingente cantidad de sillas dispuestas a ser ocupadas por los profesores, piano, arpa, órgano y numeroso y variado conjunto de percusión incluido, y la situación de los contrabajos, a la izquierda, tras violines primeros y chelos; violas y violines segundos a la derecha. La cantidad de instrumentistas -unas cincuenta cuerdas y vientos a cuatro- estaba claro que se debía al estreno de Alba Sapientia, concierto para orquesta de Ferrer Ferran. Pero, ¿a qué se debía tal disposición en el escenario? El propio Traub se encargó de despejar la duda tras el estreno, pues como tiene por costumbre, se dirigió al público -gesto de cortesía pero también de marketing- para darle la bienvenida y anunciar que el grueso de la temporada lo va a soportar el conjunto titular (crisis obliga) con la integral sinfónica de Mahler por el centenario de su muerte.

Así pues, con una formación alla Mahler comenzó Alba Sapientia. Si bien en los programas se indicaba el carácter de estreno absoluto, se trata de un reestreno profesional, pues anteriormente se había escuchado en esta misma sala por la Orquesta del Conservatorio ‘Salvador Seguí’ de Castellón, institución dedicataria de la pieza. En ella se homenajea también a Salvador Seguí (Valencia 1939-2004): compositor, etnomusicólogo y pedagogo, con cuyo interés por actualizar el solfeo y metodología aprendimos las generaciones de los últimos treinta años. El concierto para orquesta emplea temas de su obra Amor blanco para voz y pequeño conjunto instrumental sobre poemas de Ana Merino.

Ferrer Ferran (Valencia, 1966) es un compositor de oficio, pieza clave en el desarrollo del repertorio para banda -u orquesta de vientos como él la llama, según la terminología europea- de los últimos quince años. Es pianista, percusionista y Licenciado en Dirección de Orquesta de Vientos y Composición por The Royal School of Music de Londres, y Catedrático de Composición en el conservatorio arriba mencionado. Su catálogo orquestal es aún reducido y puede que por su origen, sea desdeñado por los guardianes de las etiquetas y del pedigrí romántico-sinfónico, pero, en mi opinión, se trata, por su envergadura, de uno de los estrenos más interesantes de los últimos años. Además, casi por partida doble, pues en 2008 estrenó un interesantísimo Concert per a Orquestra de Vents, encargo del Instituto Valenciano de la Música.

Con ambos títulos pone al día un género que inició Hindemith doblemente: Concierto para orquesta op. 38 de 1925 y Konzertmusik op. 41 para vientos un año después. Otros autores que lo han empleado son Piston, Bartók, Kodály, Lutoslawsky, Gerhard o Elliot Carter. Goffredo Petrassi lo magnificó con sus ocho Concerti per orchestra entre 1933 y 1972, y desde este último, podemos entrever la conexión valenciana del género: Amando Blanquer (Alcoi, 1935-Valencia, 2005) fue su alumno en Roma -también estudió en París con Messiaen- y compuso, a principios de los años setenta, un Concierto para banda muy difundido. Ahora es el turno de Ferer Ferran.

Alba Sapientia es una composición con breve introducción, tres partes alternas, rápido-lento-rápido, y coda, sin solución de continuidad. Como se ha dicho, la plantilla instrumental es abundante, por lo que el juego tímbrico y la experimentación con diferentes texturas, muy interesante: todas las familias instrumentales se retratan en pasajes, a veces, complicados. Armónicamente, por lo que se puede deducir de una primera audición sin un análisis más riguroso, es una obra tonal en la que destacan algunos clusters y acordes a unísono que inician o señalan el cambio de sección, y algún pasaje politonal. En las secciones extremas, los solistas de viento -a destacar corno inglés, requinto y tuba- desarrollan unos intrincados arabescos sobre una rítmica exuberante. El pasaje central, dedicado a la cuerda, incluye un bonito solo del fagot, es más expresivo y donde decae ligeramente la obra, no sé si por instrumentación o por ejecución (aunque me consta la satisfacción del autor por la versión, pienso que Traub hubiera podido sacar más partido aquí). El órgano da gran empaque al final.

Más allá de lo espectacular de la pieza, destacado por casi todos los colegas de la crítica local, hay que señalar que estamos ante el inicio de una etapa de madurez de su autor, en el que muestra un lenguaje personal muy atractivo, con elementos heredados, más discretos en sus obras anteriores, que aquí se atreve a potenciar. Si no sucumbe ante la saturación y prisas por escribir, que la enorme demanda del mundo bandístico ha impuesto a su música, este puede ser el interesante comienzo de un corpus importante.

Le siguió el desgarrador Concierto para violoncello de Elgar de 1919. Daniel Müller-Schott (sustituyó por enfermedad a Truls Mork) posee un timbre bellísimo, equilibrado y elegante que obtiene de un Matteo Goffriller de 1727 -Pau Casals, Jacqueline du Pré, Yo-Yo Ma o Gautier Capuçon han utilizado algún instrumento de este luthier veneciano. Planteó una versión intimista en constante diálogo con la orquesta, guiándola en muchos momentos, especialmente en los que forma parte del tutti de chelos. No obstante, quedó un tanto frío, pues hay momentos en los que la obra pide cierto desgarro. Elgar lo escribió en unas circunstancias personales difíciles y tras la Gran Guerra que, según Thomas Mann, “puso fin definitivamente a la inocencia de vivir”.

Otra guerra bien distinta es la que llevó Dvorák con el editor prestado por Brahms, Fritz Simrock, por los derechos de su Octava sinfonía. Finalmente, los honorarios correrían a cargo de la londinense Novello, Ewer & Co. quien la editaría como Cuarta. En este momento el checo estaba pendiente de proyectar una carrera que lo llevaría al mercado anglosajón, dos años después de su composición marchó a Nueva York, y salir así de la frustración a la que la situación política le había llevado: Compromiso Austrohúngaro de 1867 y el nacimiento de Alemania en 1871, con el consecuente auge nacionalista en sendas capitales. Su respuesta, para ganar mercado, fue la de resaltar el elemento checo de su música.

Precisamente, fue en esto en lo que más destacó la versión de Traub, en la comprensión idiomática del texto: sacó mucho partido a la expresividad de sus melancólicas melodías y a los ritmos chispeantes. Pese a algarabía de las trompas, el ‘tema y variaciones’ final, heredero de la Cuarta de Brahms, resultó divertido. La orquesta sonó grande y compacta, aunque el hecho de levantar a los contrabajos en la parte izquierda del escenario no aumente en demasía su caudal sonoro. Los metales, especialmente trombones y tuba, abusaron de su fuerza en algunos pasajes y las maderas estuvieron muy finas, aunque no virtuosistas en los pasajes del ‘scherzo’ que así lo exigen -muy bonito el pianissimo que dejaron los dos clarinetes a la cuerda en el ‘Adagio’.

Y finalmente, aunque el público comenzó a salir en estampida nada más acabar la sinfonía, como cuando se interpreta música contemporánea, Traub nos regaló, con otro gesto de buen vendedor, una desbarajustada Danza eslava. No entendí cual de ellas.


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