A favor de los concursos de bandas (y de orquestas), un artículo de Manuel Tomás

Un artículo del profesor de oboe del Conservatori Profesional de Música de Torrent, Manuel Tomás Ludeña, hablando sobre la actualidad de los concursos de bandas y orquestas.

 

 

No puedes ser un ganador y tener miedo de perder. W. Churchill

El domingo pasado finalizó el Certamen Internacional de Bandas de Valencia, un evento cultural y social de primera magnitud en el panorama musical valenciano. Y por muchas razones: por su historia y tradición, por la enorme calidad de las interpretaciones que se escuchan y por la gran capacidad de movilización social que genera entre las entidades participantes.

Analizada la participación y los resultados en esta última edición, hay algunos datos que merecen nuestra atención. En primer lugar, podemos afirmar sin ambages que es un certamen verdaderamente internacional, la participación de agrupaciones extranjeras es notable y la calidad de las mismas también. En dos de las cuatro categorías los vencedores han sido agrupaciones extranjeras, en otra una banda gallega y solamente la ganadora de la sección de honor es valenciana, la insigne Santa Cecilia de Cullera.

Y aunque los certámenes siguen proliferando por toda la geografía nacional, la participación de nuestras agrupaciones se está reduciendo paulatinamente en las últimas décadas. Sobre todo en la Sección de Honor, donde es muy difícil encontrar a las “grandes” compitiendo juntas. A modo de ejemplo, las dos bandas de Llíria, la Unió y la Primitiva, compitieron juntas por última vez en el siglo pasado, exactamente en 1988, hace 30 años. Si nuestros antepasados levantaran la cabeza…

Como siempre, encontramos detractores de los certámenes de música aludiendo a un argumento bastante común: “competir no es algo muy estético, es propio de un pasado más pedestre. La competición es algo más característico del deporte, pero en la música pues casi mejor que no.”

Una vez más entran en acción las leyendas negras que siempre persiguen al movimiento bandístico valenciano, esgrimidas por algunos sectores de la música culta. Y no es justo, basta analizar la gran cantidad de concursos internacionales que proliferan por toda la Europa “civilizada” musicalmente y que son muy habituales en las diferentes especialidades instrumentales. Algunos de estos críticos de los certámenes de bandas, sin embargo, muestran con orgullo en sus currículos los concursos ganados en sus propias disciplinas. Pero cuando se trata de dar una colleja a las bandas, se apuntan a la primera.

He de confesar que, cuando era un joven profesional de la música, también llegué a pensar así. Pero con el tiempo y después de conocer y estudiar con más profundidad el movimiento asociativo musical valenciano, he modificado sustancialmente esta opinión.

En efecto, los tiempos cambian y, a diferencia de épocas pasadas, las sociedades musicales no pueden confiar exclusivamente su proyecto artístico en la participación en certámenes. Hoy en día, podemos aportar mucho más y así lo estamos haciendo, sobre todo articulando proyectos educativos de gran calidad. Pero tampoco estamos para renunciar a aquellos modelos de éxito que nos sirvieron en el pasado y abogamos por mantener también los concursos competitivos como un instrumento más de agitación y de movilización del colectivo. Es más, creo que necesitamos volver un poco a aquella pasión que tanto nos dio. La vida sin pasión es más aburrida.

Las ventajas son claras. La participación en concursos supone la movilización de muchos activos, empezando por los propios músicos, que encuentran una razón para volver a su banda e implicarse en un proyecto colectivo. Y esto vale para aquellos que forman parte habitual de las plantillas pero también para los músicos profesionales más desvinculados por motivos personales y laborales. Además, no solo se implican los músicos,la participación en el concurso también motiva que los aficionados y los simpatizantes se involucren en la vida de la sociedad, asistan a los ensayos y al concurso y vivan con emoción y pasión el resultado. Hay una frase en valenciano que describe esta situación y que he escuchado muchas veces: “Sentir el ferro”.

En el terreno estrictamente musical y educativo, los beneficios son también importantes. Ir al certamen es la mejor manera de mantener y elevar el nivel artístico de la agrupación. Por ejemplo, la Unió Musical de Torrent, una banda que tiene el enorme mérito de ser una de las grandes aunque es de muy reciente creación. Lo ha conseguido porque ha entendido esto muy claramente; concurren al Certamen, en la Sección de Honor, cada dos años, pase lo que pase. Y los beneficios han sido espectaculares. Ahí está su actual calidad y palmarés.

Sin embargo, algunas de las “históricas” han ido perdiendo peso en este panorama justamente por lo contrario, pasar muchos años sin concurrir acaba desmovilizando a los músicos y a la propia sociedad. El compromiso corporativo decae y se extingue paulatinamente; después cuesta más recuperarlo.

Por otra parte, tampoco debemos minimizar las desventajas que existen y que también se deben conocer. La primera es el miedo al fracaso. Y la poca tolerancia a la frustración. Perder es un auténtico desastre y, si eres de Llíria, Buñol o Cullera, todavía más, sobre todo si gana la banda local contraria. Desgraciadamente (o no) la pasión es directamente proporcional a la frustración. Muchas veces cuando esto ocurre, suele costarle el cargo al director de la banda y posiblemente al presidente. Y claro, esto impone respeto en las grandes sociedades, las denominadas ahora G6, que prefieren los pactos de “no agresión”.

Tal vez no estaría mal que nos acostumbráramos a gestionar mejor la derrota, daría más solidez a la propia sociedad musical y educaríamos en valores a nuestros propios músicos. Ya se sabe, en la vida no siempre se gana, y en los certámenes tampoco. Podríamos pedirle a Guillermo Dalia, el psicólogo de cabecera de los músicos, algún programa específico para cuando esto ocurra.

Bromas aparte, otra cuestión que incide negativamente es el aspecto económico, la participación en un certamen sale cara. Y las arcas de las sociedades musicales no están para alegrías. Y aquí se debería actuar. Los premios deben ser más generosos y también las compensaciones económicas por participar. Y no estaría mal que las propias administraciones locales estimularan más esta participación porque, entre otras cosas, el retorno en dinamización económica debe ser muy elevado para el comercio local.

Y, ¡cómo no!, la mayor dificultad es encontrar la motivación, el esfuerzo y el sacrificio entre los músicos jóvenes y estudiantes que pueblan las agrupaciones. Con los aficionados de toda la vida la cosa era más sencilla, pero ahora no. Concurrir a un certamen exige muchos ensayos, muchas horas de dedicacióny la recompensa es muy difusa. Estos músicos estudian en los conservatorios superiores, tienen más alicientes de ocio en otros ámbitos, para ellos ir a los concursos no es una opción atractiva esto se nota. Aunque también es verdad que su nivel musical e instrumental es muy elevado y, bien aprovechado, no serían necesarios tantos ensayos para conseguir la excelencia requerida.

Vistos los pros y los contras, se debería incidir en los estímulos de todo tipo para que esto compense. Además del tema económico, se debería premiar también a los directores de las agrupaciones, unos profesionales sobre los que recae una gran responsabilidad. No estaría mal, a modo de ejemplo, establecer programas en colaboración con las orquestas y bandas profesionales de la Comunitat Valenciana para que participen como directores invitados, de manera que su participación suponga un impulso en sus respectivas carreras profesionales. Se lo merecen.

En conclusión, los tiempos han cambiado y la receta no puede ser nunca volver al pasado. Si algo caracteriza a nuestras sociedades musicales es su capacidad de innovación y de adaptación al cambio. No debemos olvidar que invocar a la tradición siempre nos ha funcionado bien y apelar al sentido de pertenencia también. Por eso, abogamos por seguir impulsando la participación en certámenes para que nuestras sociedades musicales no solo sean una empresa de servicios sino también una factoría de emoción y de pasión. Los dirigentes han de saber que el liderazgo inteligente implica gestionar identidades colectivas, no pueden ser meros tecnócratas.

Recuerdo con nostalgia la participación en los certámenes con mi banda: ensayos hasta altas horas de la madrugada, el aprendizaje con los directores excepcionales que venían a prepararnos, la emoción en la Plaza de Toros y cómo aguantábamos expectantes hasta altas horas de la madrugada a la puerta del Ajuntament de Valencia esperando el fallo del jurado. Lo que venía después ya se sabe, euforia o depresión, pero sobre todo primaba la experiencia de haber formado parte de un proyecto ilusionante y colectivo.

La nostalgia suele conducir a la melancolía y eso no es bueno tampoco, pero sí entender algunos de los resortes que nos hicieron grandes y adaptarlos a los momentos actuales. El tema es polémico, lo reconozco, pero los certámenes están en el ADN del movimiento asociativo musical valenciano y siempre tendrán un hueco entre nosotros.

 

Manuel Tomás Ludeña
Professor d'oboe i exdirector del Conservatori Professional de Música de Torrent i exsecretari Autonòmic d'Educació i Formació
Artículo publicado en www.manueltomas.es 

 

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