La evaluación de los proyectos educativos de las escuelas de música, un artículo de Manuel Tomás

El concepto de evaluación ha evolucionado y cambiado durante las últimas décadas en nuestro país conforme se han ido sucediendo las diferentes reformas educativas. De tener como única función la medición del aprendizaje del alumnado, ahora se apuesta por un concepto más amplio que supera la mera calificación.

 

 

Este nuevo concepto de evaluación incluye muchos más elementos y tipos en virtud de cuando se evalúa y quien evalúa. Asimismo, se aplica a muchos más ámbitos; ya no solo al rendimiento del alumnado sino también al funcionamiento de los propios centros educativos, al profesorado, a los recursos, a los diferentes documentos de planificación, etc. Y no paran de incorporarse nuevos elementos e instrumentos: portfolios, rúbricas, estándares de aprendizaje que, más allá de cualquier valoración, tienen como objeto mejorar los procesos de evaluación y los procesos de enseñanza/aprendizaje. Un tema candente.

Vayamos a lo nuestro. En los centros de enseñanza musical, el examen fue, durante décadas, el procedimiento de evaluación por excelencia. El alumnado demostraba las destrezas adquiridas en la práctica instrumental ante un tribunal que valoraba exclusivamente su nivel de desempeño en ese momento. Algo ya bastante lejano, por suerte para todos.

A partir del 1990, se instauraron en nuestro sistema educativo dos tipos de centros para la enseñanza de la música: los conservatorios para formar profesionales y las escuelas de música para la formación del aficionado y para acercar la educación musical a amplias capas de la población.

El modelo de evaluación en los conservatorios vino y viene determinado por la normativa que regula el currículo oficial y supuso una auténtica innovación que superaba los famosos exámenes con tribunal citados anteriormente. Por el contrario, en las escuelas de música, se ha venido dotando de autonomía a cada una de ellas para que establezca el modelo de evaluación cuando defina su proyecto educativo. Algo positivo sin duda.

Pero, ¿ha servido esta autonomía para determinar un modelo de evaluación propio y alineado con la naturaleza no reglada de estas enseñanzas? ¿Se practica en las escuelas de música un modelo de evaluación acorde con nuestra personalidad diferenciada? O por el contrario, ¿asistimos a la tan denunciada confusión con los conservatorios y acabamos aplicando básicamente los mismos criterios, procedimientos e instrumentos que estos centros reglados? Desgraciadamente para nosotros, así es en la mayoría de casos.

La evaluación en una escuela de música debe existir, pero con un modelo propio que vaya mucho más allá de la calificación y que esté en consonancia con nuestra finalidad, la ordenación académica y el sentido común más elemental. Una evaluación efectiva que, más allá de tener un carácter punitivo, propicie la formación de músicos aficionados y les mantenga continuamente en nuestros centros y en las agrupaciones musicales. En este sentido, debemos desterrar lo antes posible el modelo de evaluación de los conservatorios, que tiene mucho sentido allí pero no aquí. ¿Evaluaríamos con los mismos criterios y procedimientos a un deportista de alta competición que pugna por superar marcas que a un aficionado que solo quiere disfrutar de la práctica deportiva? No parece muy sensato, ¿verdad? Pues es lo que está sucediendo.

Debemos incorporar otros criterios de evaluación: la actitud, el interés, la integración en el grupo, la continuidad de los estudios y algo (no mucho) el rendimiento final. Y mejor que calificar numéricamente, diseñemos un informe de evaluación que sea capaz de recoger con toda su complejidad y riqueza aquello que perseguimos. Solo de esta manera no acabaremos expulsando a los aficionados de las escuelas de música o limitando su paso por allí a un breve lapso de tiempo mientras duró el espejismo de ser un músico profesional (algo que, como ya sabemos, consiguen relativamente pocos). Y después, si alcanza un dominio elevado del instrumento musical, bienvenido sea; pero si no es así por cualquier motivo (pocas aptitudes, falta de dedicación, poco tiempo libre…), ¡qué más da!

En conclusión, un modelo de evaluación acorde con un proyecto educativo inclusivo y abierto que propicie la práctica musical a todos con independencia de cualquier circunstancia: aptitudes, edad, dedicación…
También defendemos un modelo de evaluación institucional que permita conocer con profundidad el funcionamiento de la escuela de música y, sobre todo, la adecuación o el éxito de su proyecto educativo. Si solo se evalúa el rendimiento del alumnado, corremos el riesgo de identificar el óptimo funcionamiento del proyecto educativo con esta circunstancia. Es decir, la escuela de música es buena si su alumnado es bueno dominando su instrumento. Erróneo.

Si fuera la tónica general, ¿sería razonable dedicar, por parte de los poderes públicos, ayudas de los presupuestos públicos para un modelo que ofrece un rendimiento tan limitado y unos objetivos de promoción musical tan pobres? Sin ánimo de establecer simplificaciones injustas ni de adentrarnos en las siempre polémicas cuestiones de la financiación, la administración educativa tampoco puede eludir su responsabilidad y debe realizar evaluaciones para comprobar la eficiencia y los resultados de una gran cantidad de recursos del erario público.

Abogamos por vincular las ayudas económicas destinadas a las escuelas a la consecución de criterios y objetivos claros acorde con nuestra razón de ser: la formación del músico aficionado.

Las convocatorias de ayudas han mejorado sustancialmente durante los últimos años. Pero sin voluntad de polemizar, se sigue valorando algunos aspectos estrictamente descriptivos o procesuales sin incidir en los resultados. Observamos una loable excepción en la normativa autonómica que convoca las ayudas, muy digna de mención y entendemos que debería ser el camino a seguir. Se incorpora el siguiente ítem:

0,2 puntos, si hay un mínimo de un 15% del total del alumnado que son músicos de alguna agrupación musical estable. Tienen que ser músicos inscritos en alguna asociación musical que forme parte de una federación de asociaciones musicales o culturales de la Comunitat Valenciana (en caso de ser requerida la comprobación, se tiene que poder acreditar este hecho).
¡Bravo! Esta es la vía a seguir.

No es fácil, la sombra del modelo conservatorio proyectándose sobre las escuelas de música siempre es muy afilada y se deben realizar esfuerzos titánicos para cambiar algunas inercias muy instauradas entre nosotros. Pero es mucho lo que ganaremos. Pongámonos a ello con todas nuestras fuerzas y sigamos este camino convencidos, aunque en algunos momentos esté lleno de espinas.

Apasionante, como todo lo importante en la vida.

La hora de la verdad no es el aprendizaje, sino la hora de la evaluación
Miguel Ángel Santos Guerra (pedagogo)

Manuel Tomás Ludeña
Professor d'oboe i exdirector del Conservatori Professional de Música de Torrent i exsecretari Autonòmic d'Educació i Formació
Artículo publicado en www.manueltomas.es

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