'Concierto Sinfónico', un artículo de Manuel Castelló

Hoy compartimos 'Concierto Sinfónico', un artículo de opinión del músico agostense Manuel Castelló.

 

 

El sábado 15 de febrero asistí al concierto que ofrecía la Orquesta Sinfónica de Elche, de la que soy abonado (dicho sea de paso). Fue el último concierto de la temporada puesto que este maldito virus que estamos padeciendo nos ha obligado anular el resto de programación y nos ha recluido trastocando, trastornando nuestros proyectos, ilusiones y nuestra vida cotidiana. En el atril un variado y atractivo programa: Sinfonietta de Russell, Concierto para arpa de Häendel, Dos danzas de Debussy y como última obra, la Sinfonía nº 85 subtitulada “La Reina” de J. Haydn. La formación de la orquesta, la que correspondía al programa ofrecido, 6, 4, 3, 2, 1 de la sección de cuerda, igual que el viento, 1 flauta, 2 oboes, 2 fagotes y 2 trompas; todos muy acertados en sus intervenciones y los trompas seguros y afinados (pues de todos es sabido lo difícil que resultan las notas pedales en “pp” de las trompas en el registro agudo, máxime cuando se trata de una orquesta tan reducida). La solista de arpa, la granadina Sara Esturillo, sobresaliente en toda su actuación; y el joven director austríaco Félix Hornbachner, maravilloso, una joven promesa de la batuta que encandiló a público y orquesta. Cosa esta última dificilísima en estos tiempos que corren en que los directores están más pendientes de la galería que de la masa orquestal, olvidando muy a menudo que son los conductores del concierto no un “figurín”; El director debe estar pendiente de las entradas de los distintos grupos instrumentales, de los solistas, a la par que interpretar la partitura que solo es un papel pautado que contiene únicamente los signos musicales, el espíritu ha de inculcarlo el intérprete y especialmente el director. Bueno, pues el joven Hornbachner, ganador en su día del concurso de directores de la orquesta de Elche, es de esos directores elegantes, sobrios, con un gesto y batuta clara tan caros de ver, tanto es así que, de proponérselo, hasta el publico podría seguir la particella desde su butaca de oyente, sin saltos, mechones en la cara, ni bailoteos sobre el pódium, estando siempre pendiente de la orquesta, imprimiendo su autoridad y dotando a las partituras de su estilo artístico correspondiente, sin importarle lo más mínimo las poses para la galería. ¡Una gozada de batuta e interpretación! ¡Bravo maestro!

Durante el transcurso del concierto y mientras seguía las composiciones, las armonías, contrapuntos… iba pensando, meditando en lo afortunado que era y cuanto les debía a mis profesores por haberme formado y educado en el conocimiento de la técnica y formas de este bello arte de la música que ha sido mi modo de vida, y que aún hoy, después de muchos años jubilado, sigue siendo mi pasión principal, pasión compaginada con la lectura y el huertecito con sus árboles y flores.

 

 

El público estaba atento, pendiente de la orquesta y del director el cual los embelesó, y en los descansos se le notaba feliz, satisfecho de la interpretación pese a lo complicado del programa: expresionismo casi atonalismo, barroco, impresionismo y el más puro clasicismo haydiniano. Sin embargo, este servidor, siguiendo el desarrollo de las obras y pese a haberlas escuchado e interpretado algunas veces, estaba impresionado por las harmonías de Debussy y Russell, y recordé que en mis años mozos cuando me inicié en este estilo de música formando parte de la Sinfónica de Bilbao, me distraía mucho disfrutando de las diversas harmonías, de los aparentes cambios de tonalidad o modalidad, cosa que ocurre casi en cada compás debido a los cromatismos e instrumentaciones diversas que hacían de las composiciones de Debussy, Ravel, Turina y demás impresionistas, una aventura sonora de sensaciones en mi subconsciente y mi consciencia muy difíciles o casi imposibles de explicar. Tanta era mi distracción que a veces y en algún concierto, tenía que preguntar a mi compañero de la percusión cuantos compases llevábamos de espera, y es que me ensimismaba, quedaba como alelado con la marcha del tejido harmónico e instrumental de las obras, con el choque de esas disonancias, o mejor multisonancias casi absolutas (válgame la expresión): El mar, Peleas y Melisandre, Petit Suite, El niño y los sortilegios, La caja de juguetes, La alborada del gracioso, Dafnis y Chloe, La vals, Rapsodia española, La tumba de Couperin, La procesión del Rocío en Triana, Danzas Fantásticas, La oración del torero…. y tantas obras maestras y compositores del impresionismo que conformaron mi amor, un amor casi enfermizo por ese estilo de música que tanto incidía en todo mi ser. Años después en un viaje a París visité el llamado Museo “Jeu de Paume” donde estaban expuestas las obras de los impresionistas, en su mayoría franceses, y aquellas pinturas me revelaron el misterio de esas sensaciones en la escucha e interpretación de la música del mismo estilo. También visité Barbizón, aldea cerca del bosque de Fontainebleau, donde según se dice comenzó ese estilo pictórico y por lo visto el lugar sigue albergando pintores noveles tal como hicieron al principio del impresionismo. No obstante es en San Petersburgo (Rusia), en el Museo del Hermitage (antiguo palacio de invierno de los zares) donde se conserva la mayor parte de las pinturas de los impresionistas franceses: Boudin, Manet, Monet, Degás, Cézanne, Renoir…. obras compradas por la nobleza rusa en los viajes a sus juergas parisinas. Obras y pintores los cuales, en aquellos tiempos, Francia no les daba demasiada importancia, y es que tanto pintura como música era totalmente diferente a los estilos conocidos, era como un nuevo romanticismo programático visto a cierta distancia, algo muy distinto a las escalas, arpegios, estudios…de mi aprendizaje instrumental en el Conservatorio (había que dominar el instrumento, esa era la principal medida), pero aquellos arduos estudios solo me servían para dominar los pasajes con nitidez (que ya es bastante); sin embargo, en las obras de arte impresionistas o bien estás dentro de la partitura, del cuadro, o de lo contrario tienes que poner cierta distancia para disfrutarlo...

Entonces quise profundizar en los estudios de harmonía, no por ser compositor ni escribir ninguna obra, ni siquiera un pasodoble o una canción, solo por la curiosidad, el regusto de conocer los entresijos de una composición musical, de disfrutar conscientemente, saber con certeza lo que estaba escuchando, de esos cromatismos, choques armónicos con los diferentes grupos instrumentales; pero eso llegó unos años más tarde cuando conocí al que sería mi maestro de harmonía D. Manuel Berná al que tanto debo. Era D. Manuel un fanático de la harmonía al que le gustaba mezclar los acordes e investigar sobre ellos; asimismo con el contrapunto y la fuga. Don Manuel quedaba extasiado ante una disonancia descubierta que había conseguido con alguna nueva instrumentación, ante la harmonía cromática, con las series de novenas y oncenas… cascadas sonoras les llamaba, investigando sobre la incidencia, la importancia del semitono en la fuga. Esta pasión la compartía con otro gran maestro alcoyano, su amigo D. Luís Blanes, autor entre otros de un maravilloso y difícil método para estudiar harmonía, y cuyas obras y estudios por desgracia no han sido estudiadas como deben y merecen -pero eso es un capítulo que merece un largo artículo que abordaré en otra ocasión-. Los dos maestros cuando se reunían con ocasión de un concierto, certamen o concurso en calidad de jurados disertaban sobre música y en especial sobre harmonía y fuga pues esa era su pasión; disertaciones dignas de haber sido grabadas sobre los entresijos de la harmonía, la fuga, la enseñanza y la música en general, de haberlo grabado hoy tendríamos un documento de un valor incalculable, y es que hay personas, maestros que no deberían desaparecer nunca; lamentablemente, el hombre, su vida es caduca y todo tiene su fin (así lo dice el salmista en el maravilloso “Herr” del barítono del Réquiem alemán de Brahms) no obstante y pese a todo, ahí han quedado sus métodos, sus obras y sus lecciones para provecho y disfrute de las generaciones venideras.

Ojalá los jóvenes músicos en quienes depositamos nuestras esperanzas y ansias, sepan aprovecharse de los legados de esos artistas y maestros, para por lo menos disfrutar con plenitud de cuanto se escucha e interpreta en un concierto, se lee en un libro o se admira en un cuadro. Con esa esperanza.

Manuel Castelló Rizo
Músic d'Agost

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