Músicas para la reflexión, un artículo de José Rafael Pascual Vilaplana

A continuación reproducimos este artículo que nos ha sido remitido por el director y compositor José Rafael Pascual Vilaplana. Una colaboración que versa sobre su estancia como director de la Banda Sinfónica Juvenil de Colombia hace escasas fechas. 


Llegué a hora al Aeropuerto de El Dorado, en Bogotá. Las ocho y media de la tarde, sin embargo, es hora ya tardía para los colombianos que suelen empezar sus tareas muy temprano. Me estaban esperando para acompañarme al hotel en donde descansaría la noche del viernes. Nada más aterrizar, y tras conéctar el teléfono móvil, mi familia me alertaba de los atentados de París, una muestra más de lo que es capaz la ignorancia, la mayor plaga del universo, la más cruel, la más asesina. Consternado por la noticia que se había producido mientras volábamos entre Madrid y Bogotá, pedí conectar la radio en el taxi que me llevaba al hotel para conocer más noticias sobre el brutal suceso. La humanidad sigue sumida en la pobreza más absoluta, en el estancamiento entre acciones que se repiten sin el más mínimo escrúpulo fruto del conspiraciones económicas de aquellos que aun siguen enriqueciéndose con las guerras y de aquellos que maleducan a jóvenes débiles de criterio sucumbidos al engaño de bestias inmundas sin más razón que la sinrazón.

El sábado debía madrugar, pero no hizo falta el despertador, pues el jet lag me hizo estar despierto desde las 3 de la mañana, hora local, es decir, las 9 de la mañana en España. Puntual y siempre atenta, mi amiga Marysabel Tolosa, asesora del Plan Nacional de Música para la Convivencia del Ministerio de Cultura, me esperaba en el hall del Hotel Cosmos a primera hora para acompañarme a ver el Teatro Colón en donde actuaría nueve días más tarde con la Banda Sinfónica Juvenil de Colombia, formación que en la edición del presente año cuenta con noventa y cuatro jóvenes entre trece y diecisiete años provenientes de distintos departamentos colombianos, de Nariño a Cartagena de Indias, del Amazonas hasta la zona costera del Pacífico.

El Teatro Colón de Bogotá, situado en el bellísimo barrio de La Candelaria, en pleno centro histórico de la ciudad, cercano a la Catedral y a la Plaza Bolívar, se reinauguró el pasado año 2014 y cuenta con unas bellísimas instalaciones cuya platea de estilo italiano recuerda los años de colonia. Un preparadísimo equipo técnico nos esperaba para atendernos en todas nuestras necesidades y abierto a nuestras sugerencias. Concluída la visita, un cordial y simpático chófer nos esperaba para acompañarnos a Paipa, la ciudad del Departamento de Boyacá en donde íbamos a pasar los siguientes nueve días, en las instalaciones del Hotel Sochagota, a orillas del lago del mismo nombre y con unos alrededores de una belleza paisajística impresionante. El viaje entre Bogotá y Paipa se hizo largo: las comunicaciones y vías de transporte no son precisamente el fuerte de Colombia. Los famosos trancones (atascos) y el estado de las carreteras te hace tardar un poco más de tres horas en el recorrido de ciento noventa kilómetros. Eso sí, te permite disfrutar los maravillosos paisajes de la sabana de Cundinamarca, de Sopó o el monumento del Puente de Boyacá (en donde Bolívar empezó la liberación de Colombia contra los españoles). A los lados de la carretera, centenares de tenderetes y pequeños bares te ofrecen almojábenas, arepas, pan de yuka, caldo de costilla o fruta fresca (un auténtico manjar por estos lares).

Instalados ya en Sochagota, los autobuses de músicos empezaban a llegar. La región de Paipa es muy conocida por sus aguas termales, no en vano a las afueras del casco urbano se encuentra un cráter volcánico del que emanan aguas de gran utilidad en los múltiples balnearios y spas de la zona. La situación del hotel sobre una colina cercana al lago le confiere una de las perspectivas más bellas del entorno natural de Paipa. Un lugar muy apropiado para el estudio y la concentración. Esa misma tarde, empezamos los ensayos del concierto del día 22 de noviembre de 2015, el día de Santa Cecilia y la jornada escogida por el Ministerio de Cultura colombiano para organizar el macro proyecto Celebra la Música, la más grande movilización musical que se realiza en todo el territorio colombiano en una misma fecha y que este año reunió 955 municipios, con más de 88.000 artistas en 1.128 conciertos. Además en 2015 se conmemora en Colombia el primer centenario del nacimiento del compositor de música popular José Barros (1915-2007), una figura fundamental del folklore colombiano del siglo XX con temas tan populares como las cumbias La Piragua y Navidad Negra, o el bellísimo pasillo Pesares. Cuando el pasado año recibí el encargo del Ministerio de Cultura para dirigir la Banda Sinfónica Juvenil de Colombia en este evento tan especial, pense que sería bueno diseñar un programa que acercara a los jóvenes músicos colombianos y a los millones de espectadores que iban a vernos por televisión o internet, una imagen histórica, ecléctica, diversificada y moderna de la banda de música. Bajo el título de Las bandas: de la tradición a lo contemporáneo propuse un programa con obras del siglo XIX, XX y XXI que estuviesen enlazadas por un acercamiento al conocimiento de la cultura y al propio desarrollo de la orquesta de vientos y percusión. Empezaríamos con el gran oficio creativo de un francés universal, Camille Saint Saëns (1835-1921), quien con Orient et Occident (1869) nos conduce entre pentagramas de gran desarrollo técnico y de claras influencias de la música turca interpretada por la Banda de los Jenízaros turcos que marcó a tantos compositores en las últimas décadas del XIX. Una obra que por infortunio cobraba especial relevancia tras los sucesos de París en donde nació el compositor de la misma. Tras esta obra fundamental del repertorio bandístico del siglo XIX, nos adentrábamos en el XX de la mano de uno de los más insignes y renovadores del lenguaje bandístico: el australiano Percy Aldridge Grainger (1882-1961), cuya Children’s March (1919) nos ofrece todo un derroche de color instrumental para reflejar un tema popular para niños en donde la frescura, el humor, la magia y la ternura conviven a partes iguales. De los años noventa del siglo XX, un reconocidísimo autor norteamericano, Dana Wilson (1946) nos propone todo un ejercicio jazzístico que combina la destreza instrumental con la vocal. Sang! nos propone un tema con variaciones donde los ostinatos del jazz combinan con ciertos tintes minimalistas. Toda una declaración de intenciones que conecta con la obra del año 2000, October. Esta composición escrita en los últimos momentos del siglo XX, nos invita a una alegoría para banda de la música coral, de la cual su autor, el norteamericano Eric Whitacre (1970) es sin duda uno de los máximos exponentes de los últimos veinte años. El color del otoño se dejará entrever entre una depurada y sensible orquestación. Este colorismo instrumental es también característica de Chinese Children’s Songs Symphonic Invention (2014), una partitura escrita para la Dunshan Symphonic Wind Orchestra de China durante la estancia del maestro español Jesús Santandreu (1970) como compositor residente de la misma. De nuevo la música popular y tradicional, de nuevo el mundo de los niños y de nuevo el canto sirven de base a esta preciosista composición para banda. Después interpretaríamos la obra que el Ministerio de Cultura de Colombia escargó especialmente para esta formación juvenil en conmemoración del Año José Barros. Se trata de Los cantos de Pedro Albundia (2015) cuyas notas evocan distintas canciones del mtro. Barros, en concreto La Piragua o Momposina. El compositor de este encargo pasa por ser uno de los autores musicales colombianos más prestigiosos: Francisco Zumaqué (1945) fue alumno de composición de la prestigiosa Nadia Boulanger en París (otra vez la triste e involuntaria coincidencia) y ganó, entre otros, el Premio Lili Boulanger en 1971. Toda esta gran experiencia se hace patente en una partitura de ricos contrastes coloristas con el ritmo como base creadora. Y para finalizar nada mejor que otro estreno conectado con el mundo de la música contemporánea más novedosa, renovadora y por qué no, atrevida. Ya son varias las ocasiones en las que he tenido la oportunidad de estrenar obras del maestro español José Miguel Fayos Jordán (1980) uno de los representantes más notorios de la nueva generación de compositores de vanguardia. Su generosidad con el proyecto hizo entregarnos el estreno mundial de su obra Multaqa. Deconstruction I, toda una propuesta de fusión que toma prestados elementos de la música árabe, la sefardí y la cristiana que llegaron a cohabitar en el siglo XIII en la Península Ibérica. Si empezábamos con la fusión entre el oriente y el occidente, de la misma forma acabamos el programa con toda una intencionalidad: demostrar que con la música la convivencia es posible, que cada uno puede rezar a su Dios, pero que podemos crear arte con la más absoluta coexistencia y con el respeto más auténtico. Toda una enseñanza para las jóvenes generaciones de músicos. Eso sí, tras el programa oficial, el concierto debía acabar con la música del maestro Barros. De tal modo, seleccionamos dos arreglos de temas muy conocidos, el pasillo Pesares, con orquestación del gran maestro colombiano Ruben Darío Gómez y la cumbia Navidad Negra, con instrumentación del prestigioso maestro Victoriano Valencia. Tener como amigos a Rubén y a Victoriano es de esos tesoros que la vida te regala. Su música refleja no solo su inteligencia y su sabiduría musical, sino su humanidad y belleza de alma.

Con semejante programa me enfrentaba a un árduo trabajo, pues el grupo de músicos seleccionados no eran una banda, la banda se hace con el tiempo y éste jugaba en nuestra contra. Debíamos equilibrar de forma ordenada y funcional la ecuación objetivos-tiempo. Para ello, el Ministerio de Cultura había organizado un equipo artístico formado por quince profesores de todas las especialidades instrumentales más dos directores asistentes que me ayudarían en el proceso. Todos estos profesionales, la mayoría de los cuales conocía por primera vez, me demostraron sus cualidades musicales y humanas, creando un grupo de trabajo eficiente y cordial con los que compartí momentos artísticos y personales de gran altura vital y por los que siempre les estaré agradecido. Durante la semana de duros ensayos, los jóvenes contaban además con un grupo de once monitores de un equipo de logística destinado al control y seguridad de los muchachos y de la organización de actividades lúdicas alrededor del encuentro: yoga, fisioterapia, ejercicios de calentamiento, taller de salsa, películas, juegos… hicieron que nuestra estancia fuera de lo más llevadera y que nuestro trabajo fluyera entre grandes dosis de ternura. Pocas veces uno encuentra una organización tan detallista con todos los aspectos que engloban un proyecto de semejante envergadura.

El día antes del concierto y tras un nutrido desayuno a base de frutas, arepas boyacenses y tamales viajamos de nuevo a Bogotá para realizar el ensayo general en el Teatro Colón. Todo estaba preparado, técnicos, luces, escenario… Los chicos tuvieron momentos de gran nerviosismo: muchos de ellos nunca habían estado en la capital colombiana, pues habitan a gran distancia de la misma, para la mayoría era la primera actuación en un gran teatro, ante las cámaras de televisión…. Todo ello hizo mella en un ensayo general un tanto desangelado debido al cansancio del grupo y a su inquietud. Pero no era más que una antesala del gran día que íbamos a vivir. El domingo 22 de noviembre, día de Santa Cecilia estábamos sobre el escenario desde las nueve de la mañana. Hicimos un breve ensayo en el cual se percibió ya una banda distinta, los muchachos estaban más confiados con la acústica y el descanso les hizo mejorar su atención. Los momentos previos al concierto fueron de gran impaciencia y nerviosismo: la banda, vestida con los polos de distintos colores que la organización había previsto, consumía el último refrigerio antes de la actuación anhelada. El teatro estaba completo, incluso más de doscientas personas se quedaron en la calle protestando por no haber ya entradas.

Finalmente los técnicos de realización de televisión me daban la entrada al escenario, y a partir de ese momento, un ambiente de gozo y de euforia impregnó cada esquina del teatro bogotano. Sin duda, uno de los momentos más apasionantes de mi carrera como director, no solo por el resultado final, sino por todo aquel trabajo realizado durante los diez días previos y que nos llevaba a estar saboreando la magia de la música y lo más importante, a compartirla con millones de personas a través de las emisiones en directo de televisión e internet. El público así lo entendió regalándonos un entusiasta y prolongado aplauso que quisimos compartir con los maestros talleristas y los directores asistentes invitados todos ellos a subir al escenario. Marysabel Tolosa, coordinadora de Celebra la Música, me regalaba un ramo de rosas amarillas y nos sumíamos en un emocionado abrazo.

Este texto nace de la emoción, el agradecimiento y la inmensa fortuna que he tenido al ser partícipe de un proyecto como la Banda Sinfónica Juvenil de Colombia 2015. Desde esta Europa sumida en el temor terrorista no puedo dejar de expresar mi total decepción ante la realidad que nos rodea, en mitad de una crisis económica que ha relegado nuestras manifestaciones culturales a un plano discriminatorio alimentado por aquellos que no consideran el arte como un bien de primera necesidad. El dinero del primer mundo no ha servido para frenar el horror de la guerra, todas las investigaciones y esfuerzos por mejorar la vida de unos pocos no ha solucionado el principal problema del hombre: la falta de humanidad. Ejemplos como esta experiencia en Colombia me reafirman en la confianza en el ser humano, aquel que sabe que su única salida se basa en la formación y en la educación de sus gentes. Con ello se nutre la libertad del 8 Músicas para la reflexión José R. Pascual-Vilaplana individuo y se desarrolla su generosidad ante el mundo que le rodea. Ojalá algun día en nuestro país la música y los músicos sepamos reivindicar nuestra potencialidad por construir una sociedad mejor. No perdamos las fuerzas ni la humildad para hacerlo. Entre todos es posible. Gracias Colombia por darnos ejemplo.

José Rafael Pascual-Vilaplana
Artículo publicado en www.pascualvilaplana.com

24 de noviembre de 2015

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