La Involución Civilizada

El guía se nos presentó como miembro de la comunidad muisca. Íbamos a iniciar un ascenso hasta la boca del cráter que alberga la famosa Laguna de Guatavita y nos recomendó llevar agua, no salirnos de la senda marcada y parar si nos sentíamos agobiados, pues en la cima estaríamos a tres mil cien metros.

Para su gente, aquel lugar es un templo sagrado, pues forma parte de su historia, de su pueblo, de su identidad. Aquella que algunos quisieron arrebatarles en algún momento en nombre de un dios escondido en una religión: el afán por el tener. La evangelización de los pobladores americanos hecha en nombre de la civilización escondió posiblemente el mayor de los genocidios y saqueos que el hombre ha perpetrado sin hacer caso alguno a aquello que sus propias creencias le dictaban.

A tres mil metros de altitud, después de ascender unos dos kilómetros, entre un tupido bosque alto andino y los páramos que lo circundan en niveles más elevados, se produce una sensación extraña entre cansancio y serenidad, además de un irrefrenable deseo de introspección. Me podía haber quedado horas y horas contemplando aquellas aguas mansas, enigmáticas, aquella rica gama de verdes entre la profunda vegetación que rodea la laguna, cual bello envoltorio escondiendo leyendas y tragedias.

Se dice que la cacique Guatavita se sumergió en aquellas aguas con su hija al ser acusada de adulterio por el cacique Guatavita. “El agua dio cobijo a lo que el hombre no quiso proteger”. Desposada con el dragón del lago, la cacique Guatavita suele verse sobre las aguas en las noches de luna llena. Es también en esta laguna donde se celebraba la ceremonia de coronación del nuevo cacique de los muiscas. Para ello, el elegido debía ser hijo varón de la hermana de más edad del caudillo vigente, de tal modo que pudiese preservar la pureza de linaje. En caso que el cacique no tuviese hermanas o que éstas no tuviesen hijos varones, los sabios escogerían entre los niños del pueblo a aquel que, con cinco años, destacase por su ingenio, por su valentía, por su astucia, por sus condiciones físicas… En ambos casos, bien fuese de linaje o bien seleccionado de pequeño por sus méritos, los candidatos a cacique pasarían largos años de preparación que evidenciarían su aptitud para el cargo. Al cumplir diecisiete años, el elegido sería encerrado en una cueva en compañía de once sabios muiscas durante un período de nueve años: un año por cada mes que estuvo en el vientre de la madre biológica, pero ahora en el útero de la madre tierra. Solo podría salir por las noches acompañado de alguno de los sabios para seguir su estudio de la naturaleza. No debía mantener contacto con nada más que aquello que realmente necesitaba. Toda una simbología basada en una teoría fundamental: desde el interior de la madre tierra, empezaría una formación integral sin banalidades ni estorbos, en la cual, podría tener todos los conocimientos de los sabios profesores, podría demostrar destreza y criterio. Pero solo estaría preparado si su corazón demostrase al final que es humilde, pues para los muiscas, solo la humildad es la base de la sabiduría. Transcurrido este período, y por si fuera poca instrucción, debía pasar aún una prueba crucial. El candidato a cacique era encerrado antes de la ceremonia final en una choza durante tres noches y dos días. Una vez desnudo, estaría acompañado esta vez por tres hermosas doncellas también sin vestimenta alguna. El candidato no debía ceder a los intentos de seducción de sus acompañantes, ya que por mínima que fuera su reacción, ellas mismas anunciarían que no era el candidato perfecto. Una vez pasadas todas las pruebas, el candidato era acompañado a orillas de la laguna sagrada de Guatavita, allí era desnudado y untado con miel y resina del bosque. Un sacerdote le cubriría de polvo de oro soplando a través de un tubo vegetal. El candidato dorado, junto al cacique anterior y los once sabios subían en una balsa construida con juncos y otros vegetales acompañados de gran cantidad de joyas de oro. La balsa navegaba hasta el centro del lago ante la mirada de más de mil quinientos muiscas que vigilaban desde la orilla. Esta ceremonia se hacía de noche para esperar el primer rayo de sol que iluminaría al candidato dorado reluciente ante sacerdotes y pueblo como demostración de que los dioses habían obligado al sol a iluminarlo y a señalarlo como el elegido. Tras este hecho, los sacerdotes lanzaban al fondo de la laguna las ofrendas de oro que portaban en la balsa en homenaje a los dioses. Así mismo los muiscas que observaban la ceremonia, dejarían en la orilla del lago otras tantas ofrendas siempre de oro (un oro mezclado con cobre que conseguían gracias al trueque de la sal que extraían de las minas de la región). El candidato en ese momento se sumergía en el agua y se limpiaba de su ungüento dorado que se quedaba en la laguna, siempre como símbolo votivo hacia la divinidad. El nuevo cacique volvía a orillas de la laguna en donde le esperaba la que iba a ser su cacica, una joven que los sabios y la madre del candidato habían escogido y que también había estado nueve años de instrucción con unas sacerdotisas del poblado. Sin embargo, el joven cacique tenía un problema por resolver, pues no contaba con la experiencia. De tal modo que el cacique saliente se quedaría de consejero y instructor hasta su fallecimiento. Los primeros colonizadores de aquellas tierras se enriquecieron arrebatando las joyas de oro que encontraron en las orillas de la laguna. Cuando estas se acabaron quisieron vaciar el lago para coger el gran tesoro que esconde en su interior. Con ayuda de esclavos, hicieron una hendidura en la montaña que circunda la laguna para vaciar el agua, pero además de no encontrar más oro, el agua seguía surgiendo del interior de la tierra y nunca pudieron llegar al fondo de la misma, pereciendo muchos de ellos en el intento.

Siempre que he oído la palabra cacique he intuido un significado peyorativo del término. Sin embargo, en su etimología, solo significaría el jefe de una tribu, y en este caso, un jefe nombrado por su gran preparación. No deja de ser curiosa o al menos digna de reflexión la manera en que un pueblo indígena como el muisca elegía a su mandatario, las pruebas que debía pasar para llegar a liderar el poblado, las características que debía reunir no solo a nivel intelectual sino también moral. Es más, su acompañante esposa tenía los mismos derechos que él en las decisiones del mandato, sin ser la opinión de uno de los dos más importante que la del otro. Ante la realidad que nos rodea no podía dejar de imaginar qué pasaría si para poder contar con un buen gobernante, los que tenemos la fortuna de poder elegir a nuestros mandatarios, escogiésemos al mejor preparado y al que mostrase mayores valores de solidaridad y de humildad. Sin embargo, vemos como los egos tanto de algunos candidatos (no todos) como de muchos de sus acólitos, convierten muchas campañas electorales actuales en ridículos esperpentos de la mentira, del decir aquello que el pueblo quiere escuchar, del engaño ramplón y de la pobreza de valores ante el poder (todo vale, incluso la indignidad, para conseguirlo). Ese encierro en una cueva de los caciques muiscas, nos podría servir como modelo para que aquellos que quieren optar a regir nuestra sociedad tuviesen la humildad de “encerrarse” en el estudio y la preparación para alcanzar una formación real e íntegra que no solo te aporte conocimientos sino que te de herramientas para su buen uso en coherencia y respeto hacia la tierra donde vives y hacia los que la comparten contigo. Estos preceptos tan lógicos como básicos fueron aniquilados durante años por aquellos que llegaron a las tierras de los muiscas enarbolando una civilización que, según ellos, haría mejor aquella que ya existía. Una civilización que acabó por ser aniquiladora de una forma de vida más equilibrada y razonable en muchos sentidos, que la que los conquistadores traían consigo. Impusieron una forma de ver el mundo, con la ceguera del ignorante que no sabe que se puede ver de otras formas.

Esta experiencia de una mañana inolvidable la pude vivir después de trabajar con diversos directores de banda colombianos en un Seminario de Dirección Orquestal organizado por el Instituto Departamental de Cultura y Turismo de la Gobernación de Cundinamarca en Bogotá. Cada vez que viajo a Colombia vuelvo con la sensación de vivir en una Europa que no ha sabido analizar su situación ni ha sabido aprender de sus errores. Dos guerras mundiales iniciadas en el corazón de Europa no han servido para entender que cuando uno desea aniquilar a otro argumentando razones de religión, creencia, lengua o cultura, realmente está escondiendo el único motivo de la lucha: la avaricia del tener. Y que la única vencedora de estos conflictos es la ignorancia. Una ignorancia que se alimenta cuando llegada la crisis económica se reducen todos los recursos destinados a la cultura y a la educación, creando así una sociedad más manejable desde el poder.

Sin embargo, y sin entrar en consideraciones partidistas, un país como Colombia, sumido hace años en una realidad social de terrible enfrentamiento (también por razones económicas en su trasfondo) supo aprovechar su tradición cultural y, especialmente musical, para organizar un proceso de renovación de los jóvenes del país a través de la educación musical. El Plan de Música para la Convivencia creado en 2004 y cuyo lema fue: “Todo aquel que abraza un instrumento, deja de empuñar un arma”, hoy en día es una realidad palpable, efectiva y motivadora. Más de ochocientas escuelas de música organizadas por el Ministerio de Cultura han dado lugar a una generación de jóvenes colombianos que han creído en la música como medio de evolución personal y profesional. Los procesos que este plan ha ocasionado, siguen pensando en evolucionar desarrollando eventos en donde poder continuar aprendiendo, eso sí, dentro de un equilibrio y de las posibilidades que el país ofrece. No sé si con mi modesta aportación he conseguido ayudarles, pero ellos a mí sí, pues en mis ya asiduos viajes a este país, me han proporcionado involuntariamente una perspectiva de mi trabajo y de mi realidad mucho más lógica y enriquecedora. Tras cuatro días de duro trabajo y antes de proseguir con reuniones y audiciones para próximos proyectos que hicieron trasladarme desde Bogotá hasta el precioso pueblo de Guatavita, mis amigos de ASODIBANDAS (cuya sede se encuentra en este municipio de Cundinamarca) me invitaron a visitar un domingo por la mañana la Laguna de Guatavita, en donde se esconde la famosa Leyenda del Dorado. En la ascensión hacia la misma, se podían leer paneles con mensajes de la filosofía del pueblo muisca, los aborígenes de aquellas tierras cuando llegaron los primeros colonizadores, y que hoy aun persisten en comunidades con líderes doctorados en universidades públicas, que luchan por preservar sus orígenes, sus tradiciones, sus más de seiscientos dialectos, y que acogen a los visitantes sin rencores y con el orgullo de mostrar quienes son. En uno de esos paneles pude leer:

Educar en la verdad es una tarea que va más allá del sólo hecho de alimentar. Como el cuerpo necesita alimentos, así también el espíritu necesita orientación y la nueva generación debe crecer con orgullo de lo que se es y de lo que se tiene. Sentirse orgulloso de ser hijo de la madre tierra, perpetuará nuestro pensamiento a las nuevas generaciones”.

Durante la última conferencia del seminario, en el salvapantallas de mi ordenador apareció una foto bellísima de mi pueblo, Muro, tomada durante la última nevada del mes de enero (que me perdí) y en donde aparece una casa de color azul cubierta de nieve: la sede de mi banda. Los compañeros colombianos me preguntan por el lugar de la fotografía y yo les cuento que fue en aquel caserón celeste que se ve al lado de la iglesia donde, hace ya cuarenta años, recibí mi primera clase de solfeo. No fui consciente en aquel momento del paso que estaba dando. La música y todos los que me han ayudado y acompañado desde entonces en su estudio y disfrute, me han permitido y me permiten vivir unas experiencias fundamentales para mi crecimiento personal y profesional. Gracias a pertenecer a una banda, se puede apreciar mejor lo que somos y lo que tenemos, persiguiendo vivir en esa humildad que solo el esfuerzo diario y constante puede proporcionarnos.

Sobrevolando el Atlántico entre Bogotá y Madrid. 21 de febrero de 2017


José Rafael Pascual-­Vilaplana
Artículo publicado en www.pascualvilaplana.com

 

 

 

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