De Viena a Bilbao: Memoria de un anhelo

Hacía veinte años que no nos veíamos. He acudido al Palacio Euskalduna con la duda de si se acordaría de mí. Al frente de la Euskadiko Orkestra Sinfonikoa, mi maestro Hans Graf nos ha deleitado con bello programa confeccionado a través del Do. La bellísima y enérgica obertura de 'Las criaturas de Prometeo' de  L. V.Beethoven,  ha abierto la velada con un Do Mayor lleno de sonidos equilibrados y de claro virtuosismo. Con la Sinfonía en do de Stravinsky, el neoclasicismo del maestro ruso nos ha empapado de artesanía y arquitectura sonora envolvente. No he podido resistirme y en el descanso he ido hasta el camerino, el mismo que desde hace dos años ocupo todos los domingos en los que dirijo a la Banda Municipal de Bilbao.

El maestro se ha quedado mirándome y al hablarle me ha dicho: "Viena, 1996". Nos  hemos fundido en un cálido abrazo que me ha recordado el que nos dimos en la primavera de 1997 cuando nos despedimos en Donosti, tras haber asistido al maestro en diversos programas con la Orquesta Sinfónica de Euskadi. En aquella Donosti de finales del XX aún retumbaban ecos de violencia desmesurada de cuyos coletazos fui testigo directo.

El maestro Graf, tras estudiar con él en Viena, me invitó a asistir en sus conciertos con la OS de Euskadi durante su última temporada como director titular. Verle trabajar 'Ma mère l’oie de Ravel', la Cuarta Sinfonía de Bruckner, o sobre todo, el War Requiem deBritten con la magnífica Sociedad Coral de Bilbao, fue una experiencia memorable e inolvidable para un joven de 26 años que quería labrarse un futuro con una batuta en la mano. Y hoy, cuando le he visto salir al escenario con su característica batuta (cuya empuñadura se fabrica el propio maestro con los tapones  de corcho de sus vinos espumosos favoritos) mi mente ha retrocedido a los vetustos   salones de la Hochschule de Viena, al sonido de aquellos pianos de cola que nos acompañaban en las clases, o a los antiguos atriles de madera que presidían los ensayos de la orquesta con un olor inconfundible.

Las manos del maestro Graf, al igual que las de mi otro imprescindible maestro, Jan Cober, siempre me han fascinado. Ambos directores crean una magia especial originando en el aire un sonido moldeable  con el movimiento de sus brazos. En Graf, además, destaca una constante y emotiva sonrisa mientras dirige. Hoy, desde el palco, he podido de nuevo disfrutarla y ver como hacía disfrutar a  los músicos quetenía delante: complicidad y emoción compartida.

En la segunda parte del concierto, de nuevo el Do Mayor nos ha envuelto del romanticismo y la pasión frenética de la Segunda Sinfonía de Schumann, con uno de los scherzos más bellos que he oído nunca. Demasiada emoción para un breve espacio de tiempo. Con la melancolía de Schumann venían a mi cabeza los eternos momentos de soledad vividos en Viena, que solía mitigar con misivas epistolares a mi amigo Carlos Palacio, quien desde París me respondía con postales en las que me decía: "No dejes de escribirme. Si estás muy ocupado con el trabajo y el estudio, envíame un sobre vacío. Al abrirlo me llegarán los minutos que has ocupado pensando en tus amigos Emilia y Carlos, y eso nos llenará de felicidad". La memoria me transporta a las tardes en las butacas traseras de la Staatsoper de Viena, las tertulias en el Hotel Sacher, detrás del teatro, mientras veíamos salir a los artistas comiéndonos un pedazo de la famosa tarta de chocolate del hotel vienés, acompañado de un delicioso café turco. Somos lo que vivimos y de ello nos nutrimos para seguir adelante.
 
Hace dos años que empecé de titular con la Banda Municipal de Bilbao: centenares de horas de ensayos y decenas de conciertos en una ciudad abierta a la cultura y con unos compañeros cómplices en un proyecto artístico osado y generoso. Hoy, tras haberme encontrado con el maestro Graf, de nuevo me he sentido afortunado por lo que la música me ha ido dando. Esta noche recuerdo desde mis primeros maestros en Muro, Salvador Martínez y Mª Ángeles Palacios, mis profesores en Alcoy, Gregorio Casasempere o Javier Darias, hasta los que me hicieron apreciar el arte de la dirección como Jan Cober, Eugene Corporon, Kalr Österreicher o Hans Graf, sin olvidarme de dos personas que me han marcado como músico y como persona: Amando Blanquer y Carlos Palacio. Y es que la vida, a pesar de todo, a pesar de muchos, siempre vale la pena vivirla.

Hoy me voy a dormir con los recuerdos a flor de piel. Está bien recordar a la gente que te ha aportado una dosis de esperanza en tus anhelos. He tenido la gran suerte de que muchas personas, de diversa procedencia y de distintos lugares, han tenido la generosidad de querer tocar conmigo y me han permitido que les dirija, con toda humildad, pero con toda la firmeza que mi trabajo y estudio me ha permitido, intentando hacerlo con la mayor dignidad posible.

Acabo de leer en las noticias digitales, la última información sobre el terrible atentado que ha asolado Londres la tarde del 22 de marzo de 2017, en el cual se conmemora el primer aniversario del atentado de Bruselas. Me pregunto si los responsables de tales atrocidades han sido tan desgraciados en vida que no saben apreciar ni la de los que les rodean. Sin embargo, a pesar del dolor y la repugnancia que me producen situaciones como éstas, quiero seguir pensando que el futuro tiene que ser distinto; nadie puede decidir por el otro la forma de morir. Como dijo García Márquez: "me niego a admitir el fin del hombre". La música puede ayudar a educar en la solidaridad y en la tolerancia. No es una utopía: la auténtica utopía sería la ignorancia de creer que nada puede cambiar. En palabras de Amando Blanquer: "me reafirmo en la confianza en el ser humano". Eskerrik Asko.

José R. Pascual Vilaplana

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