Veinte años no es nada, o ¿sí?

El compositor de Muro de Alcoy y director titular de la Banda Municipal de Bilbao, José Rafael Pascual-Vilaplana echa la vista atrás en este artículo.

Cada once de julio que pasa los recuerdos afloran en mi mente de forma nítida y precisa. Y hoy que se cumplen veinte años de aquel once de julio de 1997, la incontinencia verbal que conlleva la edad me hace sentarme ante mi ordenador con la necesidad de plasmar en una hoja en blanco la memoria de aquellos días en Holanda, no sea que el propio devenir del tiempo acabe con ella. Como decía Vicente Aleixandre: "…recordar es obsceno; peor, es triste. Olvidar es morir…".

Nunca he sido persona competitiva, ni me ha interesado para nada la rivalidad en mi trabajo. Pero aquel mes de febrero de 1997 decidí inscribirme en el concurso para directores que organizaba el WMC (World Music Contest) de Kerkrade por pura reivindicación y protesta. En tiempos menos fáciles con el tema de comunicación, un compañero que me había prometido enviar las bases del concurso vía fax, no lo hizo y el plazo caducó.

Hablando por teléfono con otro colega, me entero que habían ampliado el plazo de inscripción pues la convocatoria salió tarde y habían recibido pocos formularios (entre ellos, el del 'compañero' que prometió enviarme la documentación). La juventud y el orgullo me hizo reaccionar: en dos días había enviado los requisitos necesarios para poder concursar en WMC.

Fuimos seleccionados veinticinco directores de distintos países y la segunda semana de julio nos presentamos en la Abadía Rolduc de Kerkrade, un impresionante edificio de esta pequeña ciudad del Limburg holandés, para empezar aquella aventura que cambiaría mi vida musical.

En la primera prueba que duró dos días, cada candidato debía dirigir durante veinticinco minutos y ante el jurado una de las tres obras que le había sido asignada de forma aleatoria. En este ensayo, conducido en inglés, debía demostrar cómo desarrollar el tiempo de prueba, qué aspectos destacaba, cómo jerarquizaba el trabajo, cómo me comunicaba con el grupo…

El martes por la noche, y cuando habían terminado las pruebas, anunciaron quienes podían pasar a la semifinal. Esa lectura de la secretaria del concurso se hizo eterna y los nervios eran más que evidentes, pues además de salirse de la competición, los directores no seleccionados debían pagar los gastos de estancia a partir de aquel momento (y la mayoría, teníamos los billetes del viaje cerrados con la intención de llegar a la final del once de julio). Tras regresar a Rolduc, en el pasillo de mi habitación me encontré casualmente con José Fabra, bombardino de la Banda Municipal de Madrid y antiguo compañero del servicio militar de mi hermano Luis. Acababan de llegar como banda invitada al festival de Kerkrade. Me invitó a acompañarle a la cafetería, pues estaba el director de la banda y me lo podía presentar.

Así lo hice: esa fue la primera vez que saludé personalmente a Enrique García Asensio, una figura clave de la dirección de orquesta en nuestro país y que en el año actual celebra su ochenta aniversario. El maestro me animó para seguir en el concurso tras interesarse por mis estudios y mi trayectoria. Aquel día nacía una amistad que hoy en día se mantiene, alimentada por la admiración que siento ante su trayectoria, entrega, entusiasmo e inteligencia.

La semifinal se desarrolló en el Teatro Municipal de Kerkrade y era ante público. Los ocho directores teníamos que ensayar durante diez minutos y bajo el control de un cronómetro, una partitura que duraba dieciocho. Cuando sonaba la campana del reloj, debíamos atacar da capo a fine la obra que nos había correspondido por sorteo. Con ello el jurado valoraba cómo nos concentrábamos el trabajo, si sabíamos analizar los puntos de conflicto, si los solucionábamos con el tiempo reducido y si podíamos realizar un trabajo eficaz tras un ensayo reducido. De nuevo la lectura del acta parecía paralizar el tiempo.

Lo había conseguido, estaba en la final. No sabía cómo reaccionar. Para mí era ya todo un éxito: me vino a la mente la primera vez que dirigí en Muro cuando tenía diecisiete años, y en ese momento tuve la necesidad de salir corriendo, buscar una cabina telefónica y llamar a mi familia. Al día siguiente nos trasladamos a Rotterdam, pues allí tuvo lugar el ensayo con la Koninklijke Mariniers Kapel (la Banda de la Marina Real de Holanda), con la cual, los tres finalistas debíamos dirigir el concierto final.

Cada uno de los tres candidatos tuvimos cincuenta minutos de ensayo a repartir entre la obra obligada (un movimiento de The Waterbeggars de Hans Kox) y la obra que nos había correspondido mediante sorteo, en mi caso, la preciosista Rites op.69 de Jean Absil. Al salir del ensayo, llamé de nuevo desde Rotterdam a mi casa. Tras comentarles mis sensaciones en el ensayo, mi chica me preguntó si me había enterado de que habían secuestrado a un concejal en un pueblo de Vizcaya. En aquel tiempo no había Internet, en habitación de la abadía no tenía TV y no conseguía periódicos españoles por aquellos lares. La noticia me dejó muy preocupado.

Y llegó el once de julio. En la recepción de Rolduc, pedí que me tradujeran de los periódicos holandeses todas las noticias que hablaran del secuestro de Miguel Ángel Blanco. La señora que amablemente me ayudó, me comentaba con preocupación si sabía algo más. Tras desayunar, me obligué a salir paseando entre los jardines de la vieja abadía. Me paré ante los arces y ovejas que rodeaban la pequeña laguna y aquellos olmos altísimos cubrieron de una frescura recalcitrante la tensión de mi cuerpo. Me senté entre la hojarasca e intenté buscar la calma de la soledad. Ya por la tarde noche nos trasladaron al impresionante Auditorio Rodahal de Kerkrade, un lugar mítico en donde cada cuatro años se celebra este mundial de bandas de música denominado WMC.

Me tocó dirigir el último, tras mis compañeros de Tailandia y Holanda. Salí al escenario templando mi nerviosismo y con el objetivo de disfrutar de cada segundo. Tenía ante mí una de las mejores bandas profesionales de Europa, y no podía desperdiciar ni un solo minuto de aquella oportunidad que la vida me ofrecía. Así lo hice: cada nota de Kox y de Absil, pasaron por mi mente y mis brazos con la intención de quedarme satisfecho del trabajo realizado. Tras los aplausos finales, bajé del escenario y parecía levitar. En mi cabeza asomaban veloces pensamientos de todo cuanto había pasado hasta entonces, me acordaba de quienes me habían ayudado a poder estar allí y de aquellos que me pusieron trabas en mi camino. Pero la sensación de haber vivido un momento único canceló todo pensamiento negativo.

Entré en mi camerino dispuesto a cambiarme para escuchar la segunda parte del concierto, mientras el jurado deliberaba. A medio vestir escucho una llamada a mi puerta: era una persona de la organización reclamando mi presencia en el escenario. No había deliberación del jurado, sino que cada uno de ellos, sentados en distintos sitios del auditorio habían asignado unas puntuaciones a los tres candidatos y ya estaban designados los premios.

Me vestí de nuevo y salí rápidamente hacia el escenario. Allí aguardaban mis compañeros de concurso, los miembros del jurado (procedentes de Bélgica, República Checa y Holanda) así como representantes del WMC. Cuando el presentador anunció mi nombre como ganador, se me hizo un vacío enorme. Una sensación de soledad tremenda, pues para mí lo más importante era compartirlo con mi gente. Pero estaban muy lejos.

Tras miles de abrazos entre los allí presentes, salí con mi maletín a las afueras del auditorio, y desde un teléfono público rodeado ya por la oscuridad de la noche llamé a mi familia para comunicarles la noticia. Emocionados por todo lo que me había ocurrido, se despidieron diciéndome que en España había miles de manifestaciones en la calle. Que el concejal de Ermua seguía desaparecido y que habían amenazado con asesinarlo.

El sábado 12 de julio cuando pasaba por la recepción de Rolduc, la señora que había tras el mostrador me llamó: quería enseñarme el diario Limburgs Dagblad. En aquella edición compartía una fotografía de mi triunfo en el concurso, con la de Miguel Ángel Blanco, cuya vida mantenía en vilo a toda una sociedad. Me sentí pequeño e insignificante. Poco importaba todo lo que había vivido en aquellos días pensando que un joven, solo tres años mayor que yo, estaba pasando por los momentos más crueles de su existencia. La razón de tal situación: la ignorancia, la peligrosa y nociva ignorancia de quienes piensan que un arma puede conseguir cambiar la sociedad.

El domingo día 13 de julio regresaba a casa. En el Aeropuerto de Bruselas leí en un periódico que habían disparado a Miguel Ángel Blanco y que su vida pendía de un hilo en una habitación de hospital. Volé hasta Madrid y después cogí un tren que me dejó en la estación de Villena. Allí me esperaba Peris, el presidente de la Banda de la AUM de Bocairent, a quien despedimos hace unas semanas tras una terrible enfermedad. Me abrazó, nos emocionamos y seguimos el camino hasta Bocairent. Al llegar frente al local de ensayos, toda la Banda me esperaba tocando mi pasodoble 'Sara'. Siento no poder expresar aquella sensación, pero no se me ha borrado ni lo hará nunca.

 

Ya por la tarde, en mi casa de Muro, celebrándolo con la familia, anunciaron por la televisión que Miguel Ángel Blanco había muerto. Un silencio interrumpió la celebración. No hacía falta decir nada. El dolor no sabe de palabras sino de sensaciones.

Hace unos dos años, viniendo en tren desde Elgoibar a Bilbao pasé por el apeadero de Ermua en donde secuestraron a Miguel Ángel Blanco. Sin querer, el once de julio vino a la memoria de forma súbita y lo sigue haciendo cuando recorro este mismo trayecto. Tengo la fortuna de poder trabajar en el País Vasco con una gente que sabe acoger como nadie y que se siente orgullosa de compartir la preciosa tierra que tienen con los que llegamos de otros lugares. La vida es más sencilla de lo que a veces alguien nos pueda querer vender.

Las alegrías y las tragedias conviven de forma vehemente en una experiencia vital tan apasionante como dolorosa. Seguiremos buscando, a pesar de muchos, a pesar de todo, la fuerza motriz que nos haga disfrutar de cada momento. Sin más pretensión que gozar cada segundo que pasa, como aquellos que pude vivir un once de julio de 1997.

Veinte años no es nada y es mucho.

Seguimos.

José Rafael Pascual-­Vilaplana
Artículo publicado en www.pascualvilaplana.com
Cocentaina, 11 de julio de 2017

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