La normalización de la cultura bandística

El director de la Banda Municipal de Bilbao, José Rafael Pascual-Vilaplana, reflexiona sobre la normalización de la cultura bandística

La cercanía y la asiduidad suelen acortar la perspectiva de miras en aquellos temas que, por próximos o por reiterativos, pasan a engrosar un espacio inerte para la evolución. Es el caso de las bandas de música que, siendo pieza clave en la cultura y la educación musical de nuestra sociedad, sin embargo siguen adoleciendo de una normalización en la cultura musical contemporánea.

En la mayoría de las ocasiones, la razón se podría ubicar en el total desconocimiento de las potencialidades del conjunto instrumental de viento y percusión, o, lo que es más triste, en la permanente y obcecada consideración clasista que se hace hacia las bandas de música. Sin embargo, desde hace ya unos años, se viene generando la creación de un enorme corpus de composiciones para banda, en donde prima la reiteración de fórmulas comerciales más que la auténtica búsqueda de un compromiso artístico auténtico que establezca lazos de unión con la cultura contemporánea. No es cuestión ni de estilos ni de lenguajes, pues todos pueden tener cabida, sino del auténtico sentido del riesgo creativo, de la afección con el público, del que se compromete, no del que se aísla en un mundo excesivamente personal o de aquel que cede siempre ante el éxito fácil .

La presencia de las bandas en publicaciones especialistas en música, se reduce a espacios “gueto” en donde todo gira a su alrededor. De hecho el mundo bandístico actual se enmarca en un espacio endogámico, en donde su retroalimentación no le permite contactar con el mundo musical más generalista. Gracias a las redes digitales hoy en día se puede tener acceso a una mayor información de programas, estrenos, grabaciones, etc. Pero es curioso como en periódicos, revistas, radio y televisión, las bandas siguen apareciendo sólo enmarcadas en noticias de ámbito militar o popular. Hace dos años, estando en el extranjero, un día de asueto amanecí mirando el canal internacional de TVE en horas muy tempranas. En este horario, los fines de semana suelen emitir distintos conciertos grabados en su mayoría en Madrid. Aquel día mi sorpresa fue encontrarme una banda militar sobre el escenario. Me dispuse a escuchar encantado aquella audición, pues conocía además a algunos de los músicos que iban a intervenir. Lo primero que resaltaba era la calidad de los músicos de aquella formación profesional. Sin embargo, la configuración del programa del concierto resultaba del todo monótona y sin ningún interés artístico: marchas militares, pasodobles militares, fantasías militares… música escrita para una función determinada que nada tiene que ver con el anhelo del arte.

Tal vez mi ignorancia en temas militares me lleven a la osadía de pensar que un acto semejante significa desaprovechar un conjunto de calidad artística en un uso muy mermado de sus potencialidades. He tenido la experiencia de dirigir bandas militares en Holanda, Alemania, Portugal, Eslovenia o Colombia, formaciones cuyos miembros, al igual que aquí, poseen un alto nivel de preparación pero allí esta formación es utilizada no solo en sus funciones propiamente militares sino en proyectos artísticos adecuados a su condición. El concierto concluyó con el pasodoble de la humorada cómico-lírica Las Corsarias (1919) del maestro Francisco Alonso (1887-1948) . En mitad de la interpretación, el director se sacó del bolsillo interior de su chaqueta una pequeña bandera española y blandiéndola al ritmo de la música invitó al respetable púbico a cantar aquello de “Banderita tu eres roja, banderita tu eres gualda…”.

Conociendo el argumento de la revista a la que pertenece esta música, en donde un grupo de corsarias se rifan el cortejo por el apuesto fraile Fray Canuto, quería pensar que aquella conclusión era un toque de desenfadado y una nota de humor hecha a propósito, un canto al amor libre tal y como de forma sutil sugieren los libretistas de esta desenfadada revista musical. Sin embargo la escena parecía sacada de un filme esperpéntico de Buñuel o Berlanga. Y en un canal internacional que pagamos todos, a la vista de todo el mundo. Mirar el rostro de algunos de mis amigos sentados en aquel escenario me produjo un sentimiento de congoja y de empatía al mismo tiempo. Allí estaba aquel grupo de músicos inutilizados a pesar de su gran nivel, con muchos años de estudio y esfuerzo personal, económico, familiar, etc. Y es que para algunos, los músicos, y en concreto las bandas de música, seguimos siendo los bufones medievales que entretienen a la sociedad y, echándonos de cuando en cuando un mendrugo de pan (llámense subvenciones, cada vez más mermadas) podemos seguir con la fiesta.

Sin embargo, y a pesar de todo, en los últimos tiempos se vislumbran luces de cambio. Luces que necesitan de energía por parte de todos y que alimentan una ligera esperanza en la normalización de las bandas de música en nuestra contemporaneidad. Sirvan de ejemplo, el Festival MUSIKA MÚSICA de Bilbao, que en su edición de 2017 incluyó a la Banda Municipal de la ciudad en su programación, dedicada en esta ocasión a la música de Bohemia. En este multitudinario festival, se programan unos setenta conciertos (sinfónicos, camerísticos…) en tres días y en cinco salas distintas bajo una temática común. Los músicos de la banda bilbaína participaron con la interpretación de música original para vientos y percusión de compositores nacidos en Bohemia como Antonin Dvorak, Gustav Mahler, Julius Fucik o Vaklav Nelhybel. En mayo de este mismo año, la Banda Municipal de Valencia participó por primera vez en el Festival ENSEMS de la capital levantina, una de las citas anuales de referencia para la música contemporánea. En ella además de trabajos de Francisco Llácer, Francisco Tamarit o el polifacético Carles Santos, se estrenaba una obra encargo del festival realizada por José Miguel Fayos Jordán.

 

 

En septiembre de 2017, el VI Festival Internacional de Música de Cámara “Joaquín Turina” de Sevilla, incluyó en su programación un concierto de banda, en cuyo programa se incluían obras bandísticas en tiempos de Turina (Grainger, Jacob, Schmitt, Gershwin…) además de una transcripción de La procesión del Rocío (hecha por Alfred Reed) y de la Marcha Militar para banda del propio Turina. También en el mismo mes y en Francia, la 70 edición del prestigioso Festival de Musique de Besançon, incluía por primera vez una banda en su programación, en concreto, la Orchestre d’Harmonie de Franche-Comté formada por profesores y alumnos de los conservatorios de esta región francesa. Con ella se pudieron escuchar una transcripción de Puccini, y obras originales para banda de Jules Strens, David Maslanka o Óscar Navarro. Una semana más tarde, el Festival de Música Española de León, en su trigésima edición, proponía un concierto con bandas de música: la banda del municipio leonés de Valencia de Don Juan (que celebra su primer centenario) y la Banda Municipal de Bilbao, que ofreció un concierto historiográfico sobre el repertorio español para banda con obras de Juan Cantó, Miguel Asins Arbó, Amando Blanquer, José Miguel Fayos-Jordán o Rodrigo de Santiago.

El hecho de que siga sorprendiéndonos aun en 2017 la presencia de una banda en importantes festivales de música, es sintomático del camino que queda por recorrer. La normalidad debería pasar por no tener que resaltar “la primera vez” de una banda en un evento musical actual. La normalidad debería ser el poder aprovechar nuestras bandas profesionales, civiles o militares, así como las amateurs, en un mejor uso de sus potencialidades artísticas. La normalidad debería pasar por hacer de la música de banda un medio de expresión contemporáneo, sin tópicos, sin prejuicios y con total libertad creativa, sin relegarla a espacios “especializados” o a ámbitos monográficos.

Tal vez los responsables de programaciones musicales siguen sin conocer adecuadamente la historia de la banda de música ni todo el abanico de posibilidades que ofrecen estas formaciones instrumentales en un mundo globalizado como el nuestro. Desde la banda amateur de un pueblo que educa y socializa, hasta la banda profesional militar o civil que puede provocar artísticamente a una sociedad como la actual, hemos de ser capaces de hacernos visibles, de hacernos valer con nuestro trabajo y de no rendirnos ante la ignorancia. La música nos hace libres y alimenta con tolerancia nuestro criterio ante la vida.

José Rafael Pascual-Vilaplana
Artículo publicado en www.pascualvilaplana.com
Bellinzona (Suiza), 31 de septiembre de 2017.

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